Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Lo mismo… lo mismo…
—¡Ah!…
—¿Qué?
—He aquà unos, escritos con tu letra.
—Ellos deben ser, que en un tiempo servà a esa dama.
—Los apartaremos para quemarlos.
—¡Aquà está la de ayer! por la fecha… no hay duda.
—¿Cómo dice?
—Amada señora Inés mÃa:
Esta noche no podré tener la dicha de mirarte, porque es noche que le toca a Su Majestad ir, pero aguardaré con paciencia.
A pesar de tus constantes protestas y juramentos, temo que al fin, el rey consiga tu amor y que llegues a quererle de veras.
Negocios de la corte y asuntos de la monarquÃa, que se tratan como tú los tratas con él, son peligrosos, y sobre todo, para mÃ.
No olvides siempre mandarme el aviso oportuno de las noches en que no va Su Majestad a verte, para ir yo.
Tuyo hasta la muerte,
I.
—Esa carta vale un tesoro —dijo Benavides.
—Con esa carta se puede perder a esa mujer.