Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —No podré negaros, señor don José de Mallades —contestaba Valenzuela— que son en lo general hombres ignorantes y charlatanes los astrólogos; pero que hay ocultas y misteriosas ciencias, que descubren los arcanos del porvenir es un hecho que la iglesia misma reconoce, y comprobado lo veis en las causas que el Santo Tribunal de la fe forma para el castigo de brujos, adivinos, mágicos y hechiceros; ¿creéis, señor don José, que si tales no existieran se ocuparÃa de ellos la Inquisición perdiendo el tiempo en perseguir quimeras?
—Razón tenéis; pero este hombre a quien vamos a ver, peligro corre de morir uno de estos dÃas en la hoguera.
—No, porque la magia de éste ha sido examinada por el Santo Oficio, y licencia tiene para ejercerla, que dado se la ha el señor inquisidor mayor.
—No me parece maravilla que el padre Nitardo, jesuita y todo como es, paréceme más de la compañÃa del demonio que de la de Jesús, y sólo el favor inmerecido que S. M. le dispensa, pudo haberle llevado a un empleo que de derecho y por méritos competÃa al señor cardenal de Aragón, arzobispo de Toledo.
—Cosas son esas en que yo no entiendo, porque aunque nuestra amistad es de ayer, dicho os tengo que vino de mi tierra y he vivido aquà sin haber querido presentarme a la corte hasta hoy que tengo un gran empeño.