Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Abrazar pretendéis el partido del príncipe o el del padre Nitardo.

—Ni uno ni otro, que poco dispuesto me encuentro a tomar parte en esas desavenencias; los poetas no tenemos vocación para esa clase de luchas, y sólo deseamos un monarca como S. M. Felipe IV que nos proteja, nos aliente y nos considere.

—Por mi fe, señor Valenzuela, que haréis en ello perfectamente, porque un mar de intrigas es la corte en el que zozobra el bajel más poderoso y bien gobernado.

—Y sin embargo, vos…

—Qué queréis, se comienza sin sentir, y se concluye sin querer; es un torbellino que arrastra una vez que se haya tenido la desgracia de entrar en él; pero veamos, si no soy inoportuno ¿qué os obliga a entrar en palacio?

—Caballero sois y joven, y puedo abriros mi corazón: una dama me atrae, vos que amáis a doña Laura comprenderéis que hay atracciones que son irresistibles.

—Ciertamente, ¿y quién es la musa que va a inspiraros en la corte?

—Soy tan desgraciado que aun ignoro su nombre y calidad.

—¿Es acaso alguna de las damas de la reina?

—Creo que sí.

Don José reflexionó.


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