Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¿Es una joven rubia?

—Sí.

—¿Alta, esbelta?

—Sí, sí.

—¡Ah!, entonces será doña Eugenia, una dama alemana, de gran estimación para Su Majestad.

—¡Es posible!

—Mala fortuna, os aseguro.

—¿Por qué?

—En primer lugar, porque fama tiene esa señora de insensible, y en segundo porque tan adicta es al padre Nitardo que no os daría su amor mientras no fuéseis partidario ciego del confesor de la reina.

—Me hacéis perder la esperanza.

—No es para tanto; probad fortuna; quién sabe si para vos estaría reservada esa dicha.

—Dios quiera, porque adoro a esa dama; es mi porvenir, mi ilusión única…

—No podéis negar que sois poeta.

—Señor de Mallades, todos los enamorados lo son.

Don José iba a contestar, pero en este momento llegaron a la puerta de la casa del astrólogo.

—Hemos llegado —dijo don José Fernando de Valenzuela—, entrad.

—No, vos que conocéis mejor el camino —contestó Mallades.


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