Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Valenzuela empujó la pesada puerta y penetró en su portal lóbrego y apenas alumbrado por un miserable candil.

Se percibía allí un olor de tierra húmeda, y soplaba un viento frío y encallejonado que hacía vacilar constantemente la llama del candil.

—Horroroso es esto —dijo don José componiéndose instintivamente el talabarte y llevando la mano a la empuñadura de su daga.

—Como casa de brujo —contestó Valenzuela.

Atravesaron un gran patio, en cuyo fondo había una puerta por donde brillaba una luz al través de una cortina roja.

Los dos jóvenes se dirigieron a esa puerta, y Valenzuela llegando primero, alzó la cortina y penetró seguido de su compañero.

En una estancia pequeña, pero ricamente adornada, las paredes estaban tapizadas de damasco encarnado, alrededor había divanes y grandes almohadones forrados de seda del mismo color, y en el centro una gran piedra caprichosamente labrada, sobre la cual había colocada una gran lámpara de bronce con tres mecheros en los que ardían tres grandes luces.

Una tupida alfombra persa, ahogaba el ruido de las pisadas.

Sentado en el suelo estaba un esclavo negro que vestía un traje oriental de seda recamado de oro.


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