Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Al presentarse allí los dos jóvenes, el esclavo se levantó, cruzó los brazos e hizo una profunda reverencia.

Don Fernando, que debía haber estado allí otra vez, hizo una señal al esclavo, que desapareció por una puertecilla que estaba oculta entre el tapiz.

—Veo que conocéis las costumbres de esta casa —dijo Mallades sentándose.

—Os he dicho que un amigo me trajo como yo os traigo ahora a vos, y él hizo lo que yo ahora hago.

La puertecilla volvió a abrirse, y el negro se presentó haciendo seña de que pasasen los amigos.

—Pasad —dijo Valenzuela— os dejaré solo…

—No, hacedme la gracia de entrar; no espero que me descubra el sabio, secreto que vos debáis ignorar, y advertiros debo que nada creo de todo esto… vamos.

El negro abrió su puertecilla y los dos amigos se encontraron en el laboratorio del astrólogo.

Aquella era una inmensa confusión de armarios y mesas, en las que había vasija y redomas, y retortas, y cajas, y libros, y pergaminos.

Instrumentos de metal de formas extrañas, animales disecados y vivos, esqueletos y cráneos y momias.

Y todo alumbrado por una lámpara de bronce, también de tres luces, suspendida del techo por una cadena.


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