Las dos emparedadas
Las dos emparedadas De cómo el rey creyó que don Antonio de Benavides era el amante de doña Inés, y el duque de Alburquerque creyó que era Valenzuela, y doña Inés creyó que el duque lo era de Isabel
Don Antonio se manejó con tal habilidad que el rey recibió el anónimo que le enviaba don Fernando de Valenzuela avisándole que en la noche siguiente a las doce podía satisfacerse por sus ojos de que doña Inés tenía otro amante.
Don Carlos II no tuvo dificultad ninguna en dar ascenso a semejante noticia, porque todos los hombres muy principiantes en amores o muy diestros están dispuestos a encelarse hasta de una sombra.
Como el rey no tenía más persona de quién confiar en estos amores que del duque de Alburquerque, con él quiso desahogar aquella pena.
—Duque —le dijo en la mañana— quiero confiarte un secreto que me está martirizando.
—Puede hablar V. M., seguro de mi discreción y afecto.
—¿Recuerdas aquella dama… la del estanque de los peces en el Escorial?
—Sí, señor, doña Inés de Medina.
—La misma; como tú debes suponer, mi amor ha ido en aumento de día en día.
—Lo creo, señor.