Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Pues bien, esa dama me engaña, duque; me engaña.

—¿Será posible, señor? —preguntó el duque alegremente, porque creía que esto era la confirmación de las protestas de fidelidad que le había hecho la joven— ¿será posible?, ¿esa dama no corresponde como debiera al cariño de V. M.?

—No, duque, no es eso; ella me ama y bastantes pruebas tengo de ello; me ha concedido cuanto una dama puede conceder a su amante.

El duque sintió una especie de nudo en la garganta.

—¿Pues en ese caso, señor —dijo haciendo un esfuerzo— por qué V. M. no se cree feliz?

—Porque esa mujer tiene un amante, que entra a su casa en las noches y cuando yo no voy.

Al duque le pareció que se le hundía la estancia; conocía el carácter hipócrita y disimulado de Carlos, y comprendió que aquello era una celada, y que había descubierto sus amores con Inés.

—Señor —tartamudeó— me parece increíble.

—Y sin embargo, nada hay más cierto, y según me informan es un señor muy principal de la corte.

—¿Sabe V. M. el nombre?

—¡Ojalá! —exclamó el rey— cara habría pagado su temeridad.


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