Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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El duque estaba pálido, y no se atrevía ni a levantar los ojos.

—¡Ay de ellos! —continuó el rey— si llego a descubrirles, y les descubriré.

—¿Y cómo señor?

—Mira, sé que esta noche debe ir ese hombre a la casa de la dama a las doce; antes de todo necesito ver si es cierto que ella le recibe esta noche a las doce; tú y yo, duque, nos apostaremos frente a la casa y veremos si entra ese galán.

—Como lo disponga V. M.

—Esta noche a las once y media te espero bien armado.

—Sí, señor.

El duque sentía que se ahogaba; precisamente era la hora en que debía entrar a la casa de la joven.

Habían vendido su secreto, pero se les había escapado su nombre.

Pero bien podía Carlos II esperar toda la noche porque yendo el duque en su compañía era seguro que el misterioso amante no entraría a la casa de doña Inés.

Confiando en esto, el duque salió a la hora convenida acompañando al rey y caminaron hasta colocarse misteriosamente en frente de la casa de la dama.


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