Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—He cumplido —dijo el médico cuando vio seguro ya a don Fernando de Valenzuela.

—¿Y cómo se llama? —preguntó con desprecio don Antonio.

—Yo, me llamo, señor, el doctor Rodrigo de Dávila.

—Bien, tendréis el destino en Indias, pero hacedme la gracia de retiraros.

Don Fernando fue conducido preso al castillo de Consuegra, en donde permaneció hasta que por orden de don Juan de Austria se le embarcó para Filipinas, quitándosele todos sus títulos y honores, sin dejarle más que su nombre.

Valenzuela no sabía la suerte que había corrido la reina, encerrada en Toledo, ni doña Eugenia, presa en un convento de Talavera.

Don Fernando, con el alma despedazada, llegó a Cádiz y se preparó a embarcarse para las Filipinas.

Rodeado de soldados caminaba para el puerto, cuando una mujer alta, cubierta con un velo se acercó a él y le dijo:

—Ten valor, Valenzuela; tu enemigo morirá y tú volverás a España.


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