Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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su grandeza, librando

en las mudanzas su mayor trofeo.

Yo no la espero nunca,

porque constante espero

triunfar de lo caduco

y vivir inmortal para lo eterno.

—¡Pobre Valenzuela! —exclamó tristemente don Lope cuando doña Laura concluyó la lectura.

—Es muy desgraciado también, y tiene ese vínculo con nosotros.

—Pero siquiera él, señora, tiene alguna esperanza en el porvenir…

—¿Pensáis que se logre vuestro plan?

—Estoy casi seguro, doña Laura; esta noche debió haberse dado el golpe, pero las noticias de los piratas llegaron al virrey y trastornaron nuestra combinación, porque S. E. mandó esta tarde que en el término de dos horas se reuniesen todos los hombres capaces de llevar las armas, desde los que tienen quince años hasta los que tienen sesenta; esto hizo imposible todo intento.

—Pero ¿no desistís?

—No, señora.

—Dios os ayude, don Lope; aunque no puedo corresponder vuestro amor, os tengo el cariño de una hermana, y todos los días pido a Nuestro Señor que os ampare y os proteja.


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