Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿PedÃs a Dios por mÃ, doña Laura?
—Todas las mañanas y todas las noches.
—¿Y si muriera yo en esta noche?
—LlorarÃa por vos y rezarÃa por vuestra alma.
—¡Ah! señora, qué suprema felicidad, ¡ojalá y muriera yo hoy mismo!
—¿Y no sentirÃais dejarme sola sobre la tierra, cuando sois mi único amigo, cuando sois mi hermano? —dijo con un acento de profunda ternura y de melancolÃa doña Laura.
—Señora, procuraré vivir por vos y para vos.
—Asà os quiero, bueno y resignado.
La joven tendió su pálida mano a don Lope y él la llevó a sus labios con una especie de veneración.
Pocos momentos después se despidió y salió de la casa meditabundo.
—Es imposible que pueda yo amarla más —decÃa don Lope en la calle.
Y doña Laura pensaba en su aposento:
—Si yo fuera capaz de amar, le amarÃa…