Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Es historia: ayer antes de ir a la casa del marqués, por la mañana, quise despedirme del Camaleón, y seguro de encontrarle en la pulquería del Morisco, pasé por allí, y le vi; referíle que iba ya en camino para la casa adonde vos me enviábais; como estaba en el secreto, no dudé contarle que queríais saber sus entradas y salidas, el número de criados y esclavos, y si había o no armas en la casa, y todo lo demás. El Camaleón me escuchó con paciencia, y luego comenzó a hablarme: «Que él me quería mucho, que yo debía ser su mujer, y mil cosas, como si yo estuviera para pasiones y esos cuentos». Díjele a todo que sí, pero que ahora no teníamos dinero para ese casamiento, y que era preciso esperar hasta que vos nos le proporcionáseis. «No necesitamos de él —me contestó— yo quiero que ese golpe lo demos por nuestra cuenta; te voy a confiar un secreto». Entonces me hizo jurar que nada diría, por dos o tres veces, y él me dijo el secreto; que consiste nada menos que en penetrar a la casa según les dijisteis y mataros allí, y aprovecharse de todo.

—¡Es posible! —exclamó don Guillén— ¿y piensan que me dejaré matar como un corderillo? Diez como ellos no me tocarán un pelo, mientras que yo…

—Pero os acordaréis que según el plan, debéis dejaros desarmar para que la dama no entre en sospechas.

—Es verdad.


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