Las dos emparedadas
Las dos emparedadas En aquel día cualquiera se hubiera creído encontrar en uno de esos fabulosos países de amazonas que describen los viajeros de fantasía.
Marta aprovechó aquella oportunidad para salir de la casa del marqués de Río Florido y dirigirse en busca del Señorito, a quien había citado.
Don Guillén de Pereyra la esperaba con impaciencia.
—Por fin llegas —la dijo al verla entrar— ¿qué se te ocurre con tanto misterio?
—Un negocio grande para vos.
—Cuéntame.