Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Y entonces… decid si no será fácil…

—Como hay Dios que sí.

—Yo le juré que nada diría, pero ese juramento, aunque me cueste diez años de purgatorio, no lo cumplo.

—Haces bien…

—Me dijo que yo debía abandonaros, porque vos sois la causa de que yo sea una mujer perdida, porque abusásteis de mi edad para arrancarme mi inocencia: ¡qué tonto! ¿Y para qué quería yo la inocencia? ¿Para qué me servía? Y luego que vos me dejásteis; como si yo fuera de esas mujeres que se contentan con pasar toda su vida con un hombre nomás: vaya, así estoy mejor, libre, sin tener compromiso con nadie; hoy con un amigo, mañana con otro, donde me vaya mejor, sin que ningún hombre, ni mi madre, me anden celando ni cuidando, porque soy niña recatada y fina.

La Apipizca lanzĂł una carcajada como si lo que habĂ­a dicho fuera una cosa muy graciosa.

El Señorito había quedado meditabundo: la noticia de la muchacha parecía haberle impresionado profundamente.

—Y bien —exclamó la joven después de haberle contemplado un largo rato en silencio— ¿qué hacemos? yo ya me comprometo dando el soplo, ya veremos cómo me liberáis de esos, que si lo descubren han de querer por lo menos matarme.


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