Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—No temas, bien se cuidarán ellos de tocarte, aun cuando lo supieran; pero no lo sabrán.

—Todo eso está muy bien, ¿pero qué pensáis hacer?

—Eso lo meditaré; por ahora, tú no digas nada a nadie.

—Dios me libre.

—Y continúa en la casa del marqués con el mismo encargo; mañana a esta hora espero todas las noticias que te he pedido.

—¿Y no más?

—Nada más.

—Entonces he concluido aquí mi negocio y me retiro, porque no suceda que me extrañen en la casa del marqués.

La Apipizca salió y se volvió a la casa de doña Inés.

Entre tanto el Señorito se quedó meditando un medio de conseguir su objeto; es decir, el robo de las riquezas del marqués, jugando a sus aliados la misma burla que ellos le preparaban.

Era un duelo a muerte entre aquellos hombres: don Guillén tenía en su contra que no contaba con más aliado que la Apipizca, pero en cambio conocía las intenciones de sus enemigos.

Ellos eran muchos, pero ignoraban que el Señorito estuviese prevenido.


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