Las dos emparedadas

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Volvió a oír el gemido y creyó hasta reconocer la voz de la dama.

Regresó entonces rápidamente para su casa, a todos los criados y les hizo armar y proveerse de hachas y de luces, y luego como si tratara de dar un asalto en forma, se dirigió a la casa de doña Laura.

Los golpes que don Lope había dado a la puerta para llamar, el bullicio de los criados, las luces que llevaban, todo atrajo la atención del vecindario, que se agrupaba a las ventanas y balcones, y no tardó en presentarse allí una ronda capitaneada por un respetable alcalde.

—¿De qué se trata aquí, señor caballero? —preguntó el alcalde.

—Trátase —contestó don Lope sin detenerse— de que en esa casa se ha cometido un crimen.

—¡Crimen! Pues téngase vuestra merced, que si crimen es, incumbe a la justicia que represento su averiguación y castigo.

—Pues sígame vuestra merced, señor alcalde, y vamos abriendo la casa.


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