Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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V

En el que se cuenta lo que descubrió don Lope, al ir en busca de doña Inés de Medina

Imposible le fue a don Lope dormir en aquella noche; apenas rayó la luz de la mañana, estaba ya en la calle impaciente por que llegara la hora de la cita.

Sonaron por fin las ocho y don Lope se colocó en el lugar indicado; un minuto había pasado, y a él le había parecido ya una hora y comenzaba a desesperar de que los bandados cumpliesen su palabra, cuando vio acercarse dos caballeros elegantemente vestidos, con ropilla, gregüescos y ferreruelos de terciopelo negro, y con sombreros adornados con plumas y toquillas.

—Aquí estamos a las órdenes de vuestra merced —dijo uno de ellos.

—¡Cómo! —exclamó don Lope, dudando aún— ¡sois vosotros!

—Los mismos pájaros con distintas plumas —contestó con desfachatez el Camaleón.

—El mismo mono, no más que se rasuró —agregó alegremente el Pinacate.

—Pues por mi fe no os hubiera conocido.

—No lo extrañe vuestra merced, que eso es lo que hemos pretendido, porque tenemos cuentas pendientes con algunas golillas, y esos son como los perros, mudando traje se les engaña, porque se guían por el olfato: el equipaje del amigo de vuestra merced, del Tapado, nos ha permitido este lujo.


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