Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Surcando mares negros,

Vientos examinando,

De ardientes climas registrando el fuego…

—¡Qué cansada estoy…! ¡Qué cansada!… ¿Cuándo llegaré?

—Doña Laura, señora, amor mío —exclamaba don Lope como loco, arrancando con las manos las piedras de la pared que encerraba a la dama— doña Laura, mi bien: ¿estoy soñando? ¡Dios mío, Dios mío! ¡Esto es espantoso, espantoso! ¡Infame mujer, infame! ¡El cielo te maldiga!

—Peregrinando tierras —continuaba doña Laura indiferentemente— surcando mares negros… ¡Ay!… ¡Ay!… ¡Qué cansada estoy, Dios mío!… ¡Ay!… ¿Cuándo llegaré?

—¡Laura! ¡Laura mía! —exclamaba don Lope, y el llanto le impedía seguir trabajando.

Pero los criados, con una actividad asombrosa, derribaban aquel muro, cuya mezcla apenas había comenzado a secar.

Doña Laura de nada parecía apercibirse.

Por fin cayó un gran trozo de la pared: faltó el apoyo a la emparedada, y ella también se desplomó repentinamente para adelante.

Don Lope, como fuera de sí, la recibió en sus brazos.


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