Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Es imposible describir el estado de aquella mujer, obligada por las paredes a estar en pie tanto tiempo, don Lope la retiró de aquel sepulcro, y gritó y la acarició, pero la dama estaba desmayada.
—Agua, buscad agua —decÃa don Lope— se muere.
Uno de los criados encontró allà mismo un gran jarro de agua y se lo dio a don Lope.
Rociaron con ella el rostro de doña Laura, que dio indicio de volver en sÃ, lanzando un suspiro.
—Vuelve —dijo un criado.
—Bien, ahora a nuestra casa violentamente —dijo don Lope— quizá aún sea tiempo de salvarla.
Y levantando a doña Laura entre sus brazos se dirigió a la puerta.
—Alumbrad —dijo.
Los criados alumbrando y seguidos del joven que llevaba a la dama como hubiera podido hacerlo con un niño dormido, llegaron hasta la canoa.
Cerróse la puerta, embarcáronse todos, y la canoa comenzó a deslizarse sobre las aguas.
Los criados remaban y don Lope continuaba llevando a doña Laura entre sus brazos.
Cuando aquella embarcación se perdió bajo uno de los puentes y no se escuchó ni el ruido de los remos, destacóse misteriosamente una sombra cerca de la casa del marqués y se paró en la orilla del canal.