Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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VII

De cómo fray Ángelo tuvo ocasión de prestar un servicio muy distinguido al Señorito

El marqués de San Vicente continuaba enfermo, y fray Ángelo no se separaba de él en casi todo el día; por las noches a las once y media o las doce salía del calabozo y se retiraba a descansar para volver muy temprano a la mañana siguiente.

Una noche de aquellas, fray Ángelo caminaba contento, porque había creído notar que el enfermo se mejoraba visiblemente, cuando oyó que le llamaban por detrás, volvió el rostro y se encontró con un hombre embozado hasta los ojos.

—Padre —le dijo el embozado— ¿quisiera ir vuestra merced a confesar a un hombre que está expirando?

—Iremos —contestó fray Ángelo—. ¿A dónde?

—Yo guiaré a vuestra merced: ¿no se incomodará porque está lejos de aquí la casa?

—Mi ministerio me manda no pensar nunca en las distancias ni en las penalidades, cuando se trata de llevar el consuelo a un moribundo.

—Dios bendiga a su merced… Por aquí.

El embozado echó a andar, y el fraile a seguirle; de prisa iban los dos, y no se hablaban una sola palabra; parecían dos sombras que se deslizaban sin hacer ruido.


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