Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Llegaron a las orillas de la ciudad, y allí encontraron a otro hombre que los esperaba.
—Aquí está el padre —dijo el primer embozado.
—Buenas noches, padre —dijo entonces el hombre que esperaba— ¿vuestra merced viene a confesar al enfermo?
—Sí, hijo —contestó fray Ángelo.
—Entonces nos permitirá su merced que le vendemos los ojos.
—¿Vendarme los ojos? ¿Y para qué?
—Es preciso.
—Pero…
—No tenga recelo vuestra merced que nada malo le pasará; nosotros sabemos el respeto que se merece… ahora si vuestra merced no quiere, no habrá nada, y el enfermo tendrá que conformarse con un acto de contrición.
La idea de que un hombre podía morir sin confesión, de que una alma podía perderse sólo por su falta de valor, hizo estremecer a fray Ángelo y le obligó a decidirse.
—¡Bien! —exclamó— por mí no se queda un hombre sin confesión: haced lo que os parezca; vendadme los ojos, me confío en vosotros; si algún mal me hiciéreis que Dios os lo perdone, porque yo soy un pobre sacerdote que me entrego a vosotros.