Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Padre —contestó el embozado— no tendrá vuestra merced de qué arrepentirse; mi compañero y yo sabemos lo que es religión.

Y diciendo esto los dos se acercaron a fray Ángelo y le ataron un gran pañuelo en los ojos, luego lo colocaron entre los dos y cada uno le tomó un brazo.

—Ahora vamos, padrecito: nosotros cuidaremos a vuestra merced e irá más seguro que si mirase, porque la noche está oscura y vuestra merced no conoce el terreno.

Fray Ángelo obedeció y comenzó a caminar.

Al principio quiso contar los pasos con el objeto de tener alguna idea siquiera, de la distancia a que se alejaba de la ciudad; pero le fue imposible.

Seguramente no había contado cien pasos cuando uno de los hombres le dijo:

—Padre, levante vuestra merced los pies, porque hay aquí mucha agua y vamos a llevarle en peso para que no se moje.

Fray Ángelo quiso replicar, perdió la cuenta de los pasos y aquellos hombres como si hubieran sido dos Hércules lo levantaron por debajo de los brazos y lo llevaron así largo tiempo.

En efecto, debía haber allí un gran charco, porque el fraile oyó en el agua el ruido de los pies de sus conductores.


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