Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Ahora sí ya puede andar vuestra merced —le dijeron, y fray Ángelo volvió a caminar por su pie.
A poco volvió a ofrecerse otro mal paso y volvió a suceder lo mismo.
De repente se detuvieron, y fray Ángelo por las precauciones que tomaban conoció que entraban a una casa.
Resonaban ya los pasos como dentro de un edificio.
Y comenzaron a subir. Llegaron al último escalón.
—Ya se acabó la escalera —le advirtieron y siguió caminando, pero fue ya sólo unos cuantos pasos.
—Ahora se puede descubrir su merced —dijo uno de los hombres.
Fray Ángelo se descubrió y quedó espantado de lo que veía.
Era una extensa galera alumbrada por una hoguera; en uno de los muros había apoyada una gran viga, en la que estaba atado de pies y manos un hombre desnudo que tenía puesta una mordaza.
Fray Ángelo buscó admirado a sus conductores; los dos estaban a su lado con los rostros cubiertos con negras caretas, al través de las cuales brillaban sus ojos como dos tizones.
—Pero ¿a dónde está el enfermo? —preguntó fray Ángelo.