Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Allí —le contestó uno, mostrándole al que estaba atado.
—Ese hombre no tiene señal de enfermedad, sino por el contrario, de buena salud.
—Es igual, porque dentro de dos horas debe morir.
—Si está sano.
—Absuélvalo vuestra merced, que yo le digo que no le faltará de qué —dijo uno de los enmascarados, mostrando un puñal.
El hombre que estaba atado se estremeció y dirigió una mirada de angustia a fray Ángelo.
—¡Yo no puedo absolver a un hombre para que le asesinen! —exclamó resueltamente fray Ángelo.
—Haga vuestra merced lo que quiera; de todos modos ha de morir ese hombre; con que a la conciencia de vuestra merced queda si se va del mundo como un perro; ya nosotros cumplimos con traerle un padre.
—¿Pero qué vais a hacer, desgraciados? Mirad que también tenéis alma que salvar…
—Padre, pocos sermones que el tiempo vuela, y no trajimos a vuestra merced para eso, sino para absolver a ese hombre, y se acabó.
—Pero…
—Vamos, señor, o absolver a ese hombre, o vendarse de nuevo los ojos para que le llevemos por donde ha venido; no hay más.