Las dos emparedadas
Las dos emparedadas En una estancia no muy amplia, que tenía en el fondo un altar con una imagen de Jesucristo crucificado y delante de la cual ardían cuatro velas de cera, estaba don Antonio de Benavides sentado en un sitial, y rodeado de sacerdotes.
Don Antonio estaba sumamente pálido, pero aquella palidez era más bien de resultas de la penosa enfermedad que había sufrido, que de la emoción que le causaba su próxima muerte; porque su mirada era serena y su voz firme y segura.
Vestía ropilla y calzones negros, y colgaban de su cuello multitud de escapularios, rosarios y reliquias de santos.
Don Antonio escuchaba devotamente, pero con serenidad, las oraciones de los sacerdotes que le acompañaban, y entre los cuales por su fervor se distinguía a fray Ángelo.
—Señor Castillo —dijo Benavides, al ver al secretario del virrey— dispénseme vuestra merced, si me he atrevido a llamarle, pero deseaba hablar con vuestra merced a solas, antes de que llegue mi última hora.
Benavides pronunció estas últimas palabras con tanta calma, como si no se hubiera tratado de su propia muerte.