Las dos emparedadas

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Los sacerdotes que le asistían se miraron entre sí y comprendieron que aquélla era una indicación para que se retirasen, y con prudencia fueron uno en pos de otro saliendo de la capilla.

El último de ellos fue fray Ángelo, y estaba cerca ya de la puerta cuando el Tapado le dijo:

—Desearía que vuestra merced oyese lo que tengo que decir.

Fray Ángelo se detuvo, y volvió a donde estaban Benavides y el secretario del virrey; la puerta de la capilla había sido cerrada.

—¡Pocas horas me quedan ya de vida! —dijo con solemnidad el Tapado— casi estoy en la presencia de Dios, y como si oyera vuestra merced hablar a una alma de la otra vida, así deseo que mis palabras las conserve en su memoria para repetírselas a S. E. cuando ya yo no exista.

El acento de Benavides, era tan tierno como solemne, su voz vibrante pero firme, se apagaba al terminar cada palabra como si aquella estancia no hubiera tenido un solo eco, o como si el eco hubiera callado por no turbar aquella escena conmovedora.


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