Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Castillo, pálido por la emoción, escuchaba sin pestañear casi, y fray Ángelo con el rostro inclinado lloraba silenciosamente. El alma de aquel fraile, era uno de esos espíritus privilegiados que no dejan nunca de sufrir con los sufrimientos de los demás, que no se connaturalizan con la desgracia de la humanidad, que miran y sienten cada ajeno dolor como si fuera el primero que conocen; su corazón era uno de esos corazones que no se endurecen a fuerza de ver penas, que no pierden la sensibilidad a fuerza de sentir.
—Diga vuestra merced a S. E. —continuó don Antonio— que voy a morir, pero que no soy impostor; que soy marqués de San Vicente y castellano de Acapulco; que mis papeles venían en regla; que por un misterio que no puedo explicar esos papeles han desaparecido, pero que no soy un impostor; sin embargo, voy a morir, y a morir en una horca. Dios lo dispone así; quizá alguna de las acciones de mi vida me hagan acreedor al suplicio; Dios que me juzga lo sabe; y acato su infinita justicia, a nadie culpo, a nadie denuncio, perdono a todos los que causa son de mi muerte… y decidle también a Su Excelencia… que le perdono, que le perdono con todo mi corazón.
Don Antonio pronunció estas palabras con verdadera unción, como si hubieran salido del fondo de su alma, y con toda la fuerza de su espíritu.