Las dos emparedadas
Las dos emparedadas El secretario Castillo nada contestó; calló Benavides y todos quedaron en profundo recogimiento. Así trascurrió un largo tiempo.
—¿Nada más tiene que decirme el señor marqués? —preguntó con respeto Castillo.
—Nada más; que no olvide vuestra merced nada de lo que le he dicho, y que así lo repita al señor virrey cuando haya yo expirado.
El secretario se levantó, tendiendo los brazos a don Antonio que se arrojó en ellos.
—Adiós —dijo el secretario.
—Adiós —contestó Benavides y luego señalando al cielo agregó—: allá espero a vuestra merced.
El secretario salió profundamente conmovido. Benavides se arrodilló delante del altar, y fray Ángelo conteniendo apenas sus sollozos, exclamó:
—¡Hijo mío! ¡Hijo mío! Dios te abrirá las puertas de su eterna morada.
Benavides se levantó más tranquilo y se dirigió a fray Ángelo.
—¿Creéis, padre mío —le dijo— que me salvaré?