Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Ten fe en Jesucristo —contestó el religioso— por él se abren las puertas del cielo; en estos momentos supremos y tristes para el mísero e ignorante mortal, la sangre del justo que purificó un mundo lleno de corrupción y de maldad, cae como una lluvia de redención sobre el espíritu; no temas a la muerte, hijo mío: la muerte no es más que el llamamiento del padre a los hijos. Allá, en otra vida, en otro mundo, te esperan sonriendo los espíritus de tus padres y de tus hermanos y de tus amigos; allí los que fueron tus enemigos sobre la tierra, no tienen para ti más que amor; allí cesa la lucha en que se agita el alma entre esos dos verdugos que se llaman el temor y la esperanza, porque Dios es tu padre y te pide amor y confianza.

—¡Oh! ¡Sí, mi padre! ¡Mi padre!

—Nuestro padre, hijo mío; nuestro padre, padre nuestro.

—Padre nuestro que estás en los cielos —dijo con fervor don Antonio, arrodillándose y recitando con devoción infantil la oración dominical, que fray Ángelo repetía en voz baja para no distraerle.

Benavides terminó su oración, y quedó un momento pensativo; pero de repente exclamó:

—¡Y la horca! ¡El patíbulo! ¡La deshonra!


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