Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¿La horca, el patíbulo, la deshonra? ¿Piensa en eso, hijo mío? ¿Y qué es todo eso? Un modo de morir como otro cualquiera. Un modo de morir para el cristiano mejor que cualquiera otro, porque le da tiempo para prepararse al viaje. ¿Qué te importa eso que llamas honra, si tienes seguro el perdón de Dios? La horca y el sufrimiento son dolores y padecimientos de redención, que si los ofreces a tu Dios serán la palma del martirio con que te presentes radiante en el cielo; deja el cuerpo, déjale, despréciale; el cuerpo es como la vieja nave en que se ha atravesado por un mar proceloso durante una tormenta; llegas sano y salvo al puerto: ¿a qué mirar el viejo casco que ya para nada sirve? ¡Navegante en los mares del mundo, si sientes ya sobre tu rostro el viento dulce de la eternidad y la luz indeficiente de la mirada de tu Dios! ¿Por qué te apenas de abandonar el bajel que te ha conducido y en el que has estado a pique de zozobrar? ¡Mariposa que dejas el capullo en que has soñado la vida, tiende tus alas y mira el sol! ¡Dios te llama, escúchale, y vuela feliz a su presencia! ¡Cree en Él!

—Creo en Dios padre —exclamó don Antonio, volviendo a caer de rodillas— Todopoderoso, criador del cielo y de la tierra.

Y fray Ángelo repetía el Credo con el mismo fervor que el encapillado.


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