Las dos emparedadas
Las dos emparedadas De lo que por fin aconteció a don Antonio de Benavides
Era el miércoles 11 de julio de 1684.
La luz de la mañana apareció triste, y la gente comenzó a tener también tristes presentimientos.
Cerca de San Jerónimo, las gentes de justicia encontraron el cadáver de un negro ahorcado que apareció allí sin saber quién le había dado la muerte.
En la plaza principal había preparativos para ejecución de justicia.
La infantería estaba fuera de palacio, los curiosos comenzaban a llegar de todos los extremos de la ciudad, y muy temprano se vio el Cristo de los hermanos de la misericordia entrar a la cárcel de la Audiencia.
Poco a poco fue aumentando la concurrencia de la plaza, y a pesar del sol ardiente de la estación, nadie se separaba de allí, y por el contrario, a cada momento llegaban nuevos grupos.
Esperaban la ejecución, y aquellas ejecuciones no eran a una hora fija, y los caritativos cristianos que deseaban gozar de tan agradable espectáculo tenían que permanecer expuestos a los rayos del sol cuatro o seis horas.
Y esto era ya una cosa tan común, que cuando de algún hombre se quería indicar que moría en un patíbulo, se decía:
Éste nos ha de dar un día de sol.