Las dos emparedadas
Las dos emparedadas En efecto, aquel día el sol estaba tomado por entero por la muchedumbre, porque ni una sola nube cruzaba por el azul espacio de los cielos.
Oyóse por fin un sordo murmullo entre los que estaban más cerca de la cárcel, y el murmullo fue recorriendo todas las bocas, hasta llegar a las extremidades de aquella masa de gentes.
—¡Allí viene! ¡Ya viene, ya le traen!
Repetían todos, procurando alcanzar a ver alguna cosa sobre aquel piélago de cabezas.
La triste comitiva salía ya de las puertas de la cárcel para recorrer con el reo, como era de costumbre, algunas calles antes de llevarle al patíbulo.
Aquello era como una ostentación de crueldad, era como esos paseos que hacen los maromeros y saltimbanquis en los pueblos, que atraviesan las calles lujosamente vestidos, y al son de una música, antes de comenzar la función, con objeto de excitar la curiosidad pública y atraer mayor concurrencia.
A esto, los maromeros le llaman el convite.
La justicia en aquellos tiempos era como los maromeros, sacaba también su convite, salía a mostrar al pueblo la víctima, a recordarle que había una diversión, que no cedía en crueldad, si bien era inferior en mérito, a los de los circos paganos.