Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Noticia tenÃa yo ya de la llegada del capitán Pinilla, y que vino a la corte, sé, con don Bernardo Patiño, el hermano del secretario de don Juan que algo preparan; pero estamos prevenidos.
—En la casa del marqués de RÃo Florido hay esta noche una reunión.
—Ya se la vigila. ¿Doña Eugenia nada ha observado en la cámara de S. M.?
—Nada absolutamente. Su Majestad se ha quejado con ella de la guerra que esos hombres hacen a V. E. y dÃchola que antes sucumbirÃa que permitir que falten en nada a su confesor.
—Dios mande el acierto a tan magnánima reina.
Tres golpecitos dados en la puerta interrumpieron aquella conversación.
—Debe ser Antonio —dijo el padre— don Fernando, hazme la gracia de mirar.
Valenzuela se levantó, abrió la puerta, y volviendo el rostro hacia donde estaba el padre, le dijo:
—Es Benavides.
—¿Qué quiere?
Don Fernando habló en voz baja a Benavides, y dijo dirigiéndose al padre:
—Dice que le interesa mucho hablar con V. E.
—Déjale que pase.