Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Valenzuela abrió uno de los batientes, y don Antonio de Benavides entró hasta donde estaba el padre Nitardo.

—¿Qué se ofrece?

—Señor, una dama encubierta, me ha hecho llamar, y dice que importa a la salud del reino que hable ella esta misma noche y en este momento mismo con V. E.

—¿Quién es ella?

—Lo ignoro completamente; sólo a V. E. quiere confiar su nombre y su condición; agrega que tiene un secreto de la más alta importancia.

—¿En dónde está?

—En un aposento inmediato téngola oculta.

—Que venga, pues.

Benavides hizo una reverencia y salió.

—Valenzuela —dijo el padre— una dama quiere hablarme en secreto, espérame en tu habitación, que yo te enviaré a llamar con Benavides.

Don Fernando salió también haciendo una profunda reverencia.

Pocos momentos después, don Antonio conducía hasta la puerta a una dama que hizo entrar, quedándose él por fuera.

La dama vestía de negro y estaba cubierta con un tupido velo.

—Pase vuestra merced, señora —dijo el padre— y dígame en qué puedo servirla.


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