Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Si me lo permitís, señor, tomaré asiento, que fatigada estoy, más por la violencia que me cuesta el paso que doy, que por el cansancio del camino.

—Puede vuestra merced hacer lo que mejor la plazca.

La dama acercó un sitial a la mesa, se sentó, respiró un poco y después de tomar asiento, dijo:

—Señor, voy a descubriros un secreto importantísimo para la monarquía y para vos, pero como este secreto tanto vale, el precio de él debe estar asegurado de antemano.

—Dispuesto estoy a dar su precio, si lo que se descubre vale lo que se exige.

—Tanto se descubre, cuanto es poco lo que se pide.

—¿Qué se descubre, pues?

—Primero, lo que se pide, reverendísimo padre: sois el poderoso y a mí me corresponde antes el asegurarme.

—Pues veamos lo que se pide.

—Únicamente un salvoconducto con la firma del R. Padre confesor de S. M. e inquisidor general de estos reinos, en favor del marqués de Río Florido.

—Pero el marqués es uno de los principales conspiradores.


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