Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—No es, señor, de los principales, y algo debe valer ese salvoconducto cuando en cambio se da un tan gran secreto, que si el marqués fuera inocente ni gracia era dar el salvoconducto, ni la pena valía de pedirse; mucho es pero por mucho se da.

—Sea como dice vuestra merced, se dará el salvoconducto.

—Es que ha de ser ahora mismo, si no nada diré.

—Exigente viene vuestra merced.

—El tiempo vuela, el negocio urge y el secreto importa.

—Bien.

El padre Nitardo tomó un pergamino y se puso a escribir en él.

Rechinó la pluma largo rato sobre la tersa superficie de aquella piel; por fin, el padre firmó.

—El sello, señor —dijo la tapada.

—Ningún requisito quiere vuestra merced, señora, que falte.

—Cuando me hayáis conocido, veréis cuánta razón tengo para ello.

El padre puso un gran sello en el pergamino.

—Ahora tómele vuestra merced, señora —dijo con gran calma el padre— y léale, a ver si está a su gusto.

La tapada alzóse un poco el velo y leyó detenidamente el pergamino.


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