Ensayo sobre el origen de las lenguas
Ensayo sobre el origen de las lenguas Las afecciones sociales solamente se desarrollan en nosotros con nuestras luces. Aunque natural para el corazón humano, la piedad permanecería eternamente inactiva sin la imaginación que la pone en juego. ¿Cómo nos dejamos conmover por la piedad? Transportándonos fuera de nosotros mismos; identificándonos con el ser que sufre. Sólo sufrimos al juzgar que él sufre; no es en nosotros, es en él en quien sufrimos. Que se piense cuántos conocimientos adquiridos supone esa conducta. ¿Cómo podría yo imaginar males de los que no tengo idea alguna? ¿Cómo sufriría viendo sufrir a otro, si ni siquiera sé que sufre, si ignoro lo que hay de común entre él y yo? Él nunca ha reflexionado: no puede ser clemente ni justo ni piadoso; tampoco puede ser malo ni vengativo. El que no imagina nada, sólo se siente a sí mismo; se encuentra solo en medio del género humano.
La reflexión nace de las ideas comparadas, y es la pluralidad de las ideas la que lleva a compararlas. El que solamente ve un objeto, no tiene alguna comparación que hacer. El que no ve más que un pequeño número y siempre el mismo desde su infancia, no los compara todavía, pues la costumbre de verlos le quita la atención necesaria para examinarlos; pero a medida que un objeto nuevo nos impresiona, queremos conocerlo; le buscamos relaciones entre los que nos son conocidos. Así aprendemos a considerar lo que está a nuestra vista, y lo que nos resulta extraño nos lleva al examen de lo que toca.