Ensayo sobre el origen de las lenguas
Ensayo sobre el origen de las lenguas Suponed un reino donde no se tuviera idea alguna del dibujo, pero donde mucha gente, que pasara su vida combinando, mezclando, matizando colores, creyera sobresalir en pintura. Esa gente pensaría de la nuestra precisamente lo que nosotros pensamos de la música de los griegos. Cuando se les hablara de los cuadros bellos y del encanto de enternecerse ante un tema patético, sus sabios en seguida se lanzarían a profundizar sobre la materia, compararían sus colores con los nuestros, examinarían si nuestro verde es más suave, o nuestro rojo más brillante; buscarían qué conjuntos de colores pueden hacer llorar, qué otros pueden llevar a la cólera; los Burettes de aquel país simularían sobre andrajos jirones desfigurados de nuestros cuadros; luego se preguntarían con estupor de dónde venía la maravilla de ese colorido amasijo.
Y si en alguna nación vecina se empezara a formar algún trazo, algún esbozo de dibujo, alguna figura todavía imperfecta, todo ello pasaría por garabatos, por una pintura caprichosa y barroca y, para conservar el gusto, sería preciso atenerse a esa belleza simple, que verdaderamente no expresa nada, pero que hace brillar con hermosos matices grandes y bien coloreadas planchas, extensas degradaciones de tonos sin trazo alguno.