Cuentos de humor negro

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La cena sepulcral resultó animada en comparación con la subsiguiente vigilia en el salón de fumar. El acto de comer y de beber por lo menos había servido de distracción y de pantalla contra el malestar general. El bridge estaba fuera de lugar, dado el reinante estado de irritación y nerviosismo; y luego de que Odo Finsberry tocó una lúgubre versión de Mélisande en el bosque ante un gélido auditorio, la música quedó tácitamente descartada. A las once los criados se fueron a la cama, tras anunciar que como de costumbre habían dejado abierta la ventanita de la despensa para uso privado de Tobermory. Los huéspedes se leyeron de cabo a rabo la pila de revistas del momento, y paulatinamente fueron echando mano de la Badminton Library y de los tomos encuadernados de Punch. Lady Blemley hacía visitas periódicas a la despensa y cada vez volvía con una expresión de abatimiento que hacía innecesarias las preguntas.

A las dos, Clovis rompió el silencio.

—No volverá esta noche. A lo mejor está en las oficinas del periódico local, dictando la primera entrega de sus memorias. Será el acontecimiento del año.

Tras haber hecho este aporte a la alegría general, Clovis se fue a dormir. Con largos intervalos, los demás miembros de la reunión fueron siguiendo su ejemplo.

Los criados que repartieron el té de la mañana dieron una noticia uniforme como respuesta a una pregunta uniforme: Tobermory no había regresado.


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