El Corsario Negro

El Corsario Negro

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»Los tres eran hombres hermosos, valientes como leones y marinos atrevidos. El Verde era el más joven, y el Negro el mayor; pero en ánimo ninguno era inferior al otro, y manejando las armas no tenían rivales entre todos los filibusteros de las Tortugas.

»Aquellos tres valientes debían acometer pronto arriesgadas empresas en todo el golfo de México con sus tres barcos, los más hermosos, los más veloces y los mejor armados de todo el filibusterismo.

—¡Lo creo —contestó el africano—; basta con mirar este barco!

—Pero también para ellos llegaron días tristes —prosiguió Carmaux—. El Corsario Verde, que había zarpado de las Tortugas con rumbo desconocido, sorprendido por una escuadra española, cayó, al cabo de una lucha desesperada, en manos del enemigo, que le condujo a Maracaibo, donde Wan Guld le mandó ahorcar.

—Lo recuerdo —dijo el negro—; pero su cadáver no quedó para pasto de las fieras.

—No, porque el Corsario Negro, en compañía de unos cuantos servidores, logró entrar por la noche en Maracaibo, robar el cadáver y traerlo para sepultarlo en el mar.

—Sí; y cuando Wan Guld lo supo, lleno de rabia, por no haber podido prender también al hermano, mandó fusilar a los cuatro centinelas que estaban encargados de vigilar a los ahorcados en la plaza de Granada.


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