El Corsario Negro
El Corsario Negro Saliendo luego de aquella sepultura palúdica, en vez de huir, tuvo el atrevimiento de acercarse a Campeche disfrazado de soldado español, y de entrar en la ciudad para estudiarla mejor, y capitaneando algunos esclavos pudo volver a las Tortugas en una barca robada, apareciendo entre sus compañeros cuando todos le creÃan muerto.
Otro cualquiera se habrÃa guardado muy bien de volver a tentar fortuna; pero el Olonés, por el contrario, se apresuró a volver al mar con dos barcos pequeños, tripulados por veintiocho hombres, y continuó sus depredaciones.
Tal era el hombre que más adelante habÃa de realizar empresas maravillosas, y a quien se merendaron los caribes cuando iban huyendo de los españoles.
—¡Ven a mi casa! —dijo el Olonés dirigiéndose al Corsario Negro después de haberle estrechado la mano—. ¡Esperaba con impaciencia tu regreso!
—¡Y yo tenÃa grandes deseos de verte! —dijo el Corsario—. ¿Sabes que he entrado en Maracaibo?
—¡Tú! —exclamó estupefacto el Olonés.
—¿Cómo querÃas que me hubiese arreglado para apoderarme del cadáver de mi hermano?
—CreÃa que te habrÃas servido de intermediarios.
—No; sabes que prefiero hacer las cosas por mà mismo.