El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Sus dos acompañantes también vestían una camisa y lucían ornamentos en menor cantidad; pero, en cambio, iban armados con largos arcos de madera y de hierro, con un haz de flechas cuyas puntas eran de hueso, o de sílex, y con una batu, o maza formidable de un metro de largo pintada a trozos con colores muy vivos.

El piaye se acercó a unos cincuenta pasos del árbol caído, e hizo seña a los flautistas para que callasen. Después gritó en malísimo español y con voz estentórea:

—¡Que me oigan los hombres blancos!

—¡Ya te escuchan los hombres blancos! —respondió el catalán.

—¡Este es el territorio de los arawakos! ¿Quién les ha dado permiso a los hombres blancos para violar nuestros bosques?

—Nosotros no tenemos intención alguna de violar las selvas de los arawakos —respondió el catalán—. Las atravesamos solamente para dirigirnos al territorio de los hombres blancos que se encuentran al sur de la bahía de Maracaibo; pero sin hacer la guerra a los hombres rojos, de quienes nos declaramos amigos.

—¡La amistad de los hombres blancos no se hizo para los arawakos, porque esa amistad ha sido fatal para los hombres rojos de la costa! ¡Estas selvas son nuestras! ¡Volveos a vuestro país, u os comeremos a todos!


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