El Corsario Negro
El Corsario Negro Necesitaron dos horas de rudo trabajo, pues se vieron obligados a abrirse paso con los sables de abordaje por entre aquellas masas de vegetación, hasta que por fin pudieron llegar a la cumbre, la cual aparecÃa casi desnuda, pues en derredor no habÃa más que alguna maleza y rocas. La Luna surgió entonces, y a su luz pudieron distinguir perfectamente la carabela, anclada a unos trescientos pasos de la playa, y a las tres chalupas paradas en el sitio donde habÃa quedado destrozada la canoa india.
Los marineros habÃan desembarcado; pero no se atrevÃan a meterse en la espesura, por temor de caer en alguna emboscada. Acamparon en la orilla, en derredor de algunas hogueras que seguramente habÃan encendido para librarse de los voraces zanzaras que revoloteaban en nubes sin fin por la costa del lago.
—¿Esperarán al dÃa para darnos caza? —dijo Carmaux.
—¡SÃ! —contestó el Corsario con voz sorda.
—¡Rayos! ¡La fortuna protege demasiado a ese tunante!
—¡O el Demonio!
—¡Sea la una o el otro, esta es la segunda vez que se nos escapa de entre las manos!
—¡No solamente eso, sino que está a punto de atraparnos entre las suyas! —añadió el hamburgués.