El Corsario Negro
El Corsario Negro —¿Y dices que produce cólicos en los hombres?
—SÃ, Capitán; y como en este islote no hay más estanques, ni fuentes que este, los españoles que quieran sitiarnos se verán obligados a venir a beber aquÃ.
—¡Eres listo, Carmaux! ¡En ese caso, intoxiquemos el agua de este depósito!
Empuñaron los palos y comenzaron a golpear vigorosamente aplastando las hierbas dichas, de las cuales salÃa un jugo abundante que caÃa poco a poco en el lago.
Pronto se colorearon las aguas, primero de blanco, como si se les hubiera mezclado leche, y después adquirieron un bellÃsimo color nacarado, el cual no tardó en disiparse. Concluida la operación volvió a quedar tan transparente, que no era posible suponer que contuviera una substancia, si no peligrosa, muy poco agradable.
Ambos filibusteros arrojaron al lago los restos sarmentosos, e iban ya a retirarse, cuando vieron multitud de peces que hacÃan grandes contorsiones.
Los pobrecillos emborrachados con el nikú, se debatÃan como desesperados tratando de huir de aquellas aguas; algunos se dirigÃan hacia las orillas prefiriendo quizás una asfixia lenta en la arena a la exaltación, seguramente dolorosa que les producÃa el jugo de planta tan extraña.