La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —Lo parece.
—¿De dónde viene?
—De la isla Contoy.
—¿O quizá del fondeadero de Hombon?
—Puede ser.
—¿Navega hacia nosotros?
—SÃ, doña Dolores, y a poca marcha.
—¿Cuanto dista?
—Al menos doce millas.
—Entonces tenemos el tiempo justo; ¡baja, Córdoba!
Mientras el lobo de mar abandonaba el mástil, toda la tripulación se habÃa reunido silenciosamente en cubierta y desplegado a lo largo de los costales. Estos hombres intrépidos, pasado el primer instante de sorpresa, habÃan recuperado su calma y su confianza y esperaban serenamente los acontecimientos, decididos sin embargo a todo, incluso a un desesperado combate o a prender fuego al polvorÃn.
Doña Dolores se habÃa trasladado al centro de la cubierta.
Estaba serena, tranquila; solamente en su mirada se veÃa brillar un relámpago de energÃa suprema.
—Que nadie se inquiete —dijo—. Obedecedme ciegamente y tened confianza.
—Ordenad, señora —respondieron los marineros—. Estamos dispuestos a morir por la patria.