Los horrores de la Siberia
Los horrores de la Siberia AL oÃr las fieras voces de su jefe, aquellos hombres, que eran lo menos trescientos y que estaban a caballo desparramados por el camino, se unieron a los fugitivos.
—¿Qué hemos de hacer? —preguntaron aquellos hombres.
—¡Diente por diente y ojo por ojo! —respondió el jefe de los pastores.
—¿Qué intentáis? —le preguntó el coronel.
—¡Vengaros! ¡Castigar la traición del mandarÃn!
—No. ¡Le perdonamos!
—Nosotros, no. ¡La ofensa hecha contra ti, recae también sobre nosotros! ¡Corre, valiente coronel! Pon a salvo a tu hermana, y espéranos en el desierto del lado de allá de la frontera.
—No; quiero arrostrar el peligro con vosotros.
—¿Y tu hermana?
—Ya sabes que es valiente.
—Pues, ¡andando! Cerca de aquà está el aprisco donde los cosacos han escondido nuestro ganado y donde ellos lo vigilan.
Llegaron al aprisco y llamaron ruidosamente.
—¿Quiénes sois? —contestaron los cosacos.
—¡Nómadas del desierto, y venimos por nuestros ganados!
