Los Náufragos del Liguria
Los Náufragos del Liguria —¿Fuego a bordo? —exclamó—. ¿Y la pólvora que traemos?… ¡Seis quintales!… Lo bastante para hacernos saltar a todos hasta las nubes. SÃgame señor Balbo, y tu nostramo[1], manda preparar las bombas y echar al agua la manga.
Dicho esto, se lanzó en el castillo de proa, y echó una rápida mirada sobre el mar. A quinientos metros de la nave se veÃa alejarse rápidamente hacia el Sur una mancha oscura, que se confundÃa con el color de tinta del agua.
—¡Miserables! —dijo el capitán, lleno de furor—. ¡Y no hace ni la más ligera brisa en este condenado mar, que nos permita soltar las velas!
—¡Déjelos que se vayan a otra parte a que los ahorquen, capitán MartÃn! —dijo el segundo.
—¿Y si se pierde el barco?… Nos han privado de la única chalupa que tenÃamos. Ya sabe usted que el bote se lo llevó una ola la semana última.
—Construiremos una balsa.
—Si… —dijo el capitán, como si hablase consigo mismo—. ¡Faltará tiempo!… ¡A las bombas, o estamos perdidos!
Iba a descender del castillo cuando se le ocurrió una idea que le dio cierta esperanza.
—Señor Balbo, deme el portavoz.
—¿Qué quiere usted hacer?
—¡Silencio…; listo!
