Los Náufragos del Liguria
Los Náufragos del Liguria El segundo se deslizó sobre la cubierta para no perder tiempo en descender por la escalerilla, entró en la cámara común de la tripulación, cogió el portavoz del nostramo y se lo llevó al capitán.
La robusta voz de aquel hombre de mar hizo vibrar el eco como una tromba, apagando las órdenes precipitadas del nostramo, los gritos de los marineros y el ruido de las bombas, que ya comenzaban a absorber el agua.
—¡A bordo! —tronaba el capitán—. ¡A bordo, u os mando ahorcar en los penoles del contrapapahigo!
Una voz lejana, que venia de muy lejos, y que tenía una entonación de ironía, contestó:
—¡Que tengáis buena suerte!
—¡A bordo y os perdono todo!
—¡No!…
—¡Os seguiremos, canallas, y moriréis!
Esta última amenaza no tuvo contestación. La chalupa había desaparecido en las tinieblas.
—¡Dios os castigará! —dijo el capitán sordamente—. ¡A las bombas, y que Dios nos proteja!
Entre tanto el nostramo había mandado preparar las bombas de popa y proa, sumergir en el mar la manga y subir al puente cuantos baldes y cubos había disponibles.
Los doce marineros que componían el equipaje de la embarcación ya estaban dispuestos en la barra y esperaban anhelantes las órdenes del capitán.
