Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¿Perdiste algún hombre durante la borrasca?
—Ni uno siquiera, mi capitán.
—Y el barco, ¿ha sufrido algún daño?
—Muy pocas averÃas, que ya están reparadas.
—¿Lo tienes escondido en la bahÃa?
—Lo dejé en alta mar por temor a alguna sorpresa y desembarqué solo.
—¿Estamos muy lejos de la bahÃa?
—No, llegaremos allá antes del anochecer —contestó Paranoa.
—¡No son más que las dos de la tarde! Por lo visto nos espera un buen trozo de camino.
—Esta selva es muy grande, señor Yáñez, y muy difÃcil de atravesar.
—¡En marcha! —dijo Sandokán, poseÃdo de viva agitación—. Temo que haya sucedido algo.
—¿Que se hayan perdido los paraos?
—SÃ, Yáñez. Si no los encontramos en la bahÃa ya no los volveremos a ver.
—¿Qué haremos entonces, Sandokán?
—¿Y tú me lo preguntas, hermano? ¡Como si el Tigre de la Malasia se asustara y doblara la rodilla ante el destino! ¡Continuaremos la lucha!
—Piensa que tenemos sólo cuarenta hombres en el parao.
—¡Cuarenta tigres que, guiados por nosotros, harán milagros!